Hablar de cuidados paliativos suele despertar temores asociados al final de la vida. Sin embargo, para la magíster en Cuidados Paliativos en Oncología, María Bibiana Gagliardo, esa etapa está lejos de significar resignación. Su tarea consiste, precisamente, en acompañar, aliviar y sostener a pacientes y familias cuando más lo necesitan, transformando el dolor en un espacio donde todavía hay lugar para el amor, la escucha y la esperanza.
Psicomotricista de formación, especializada en Psicooncología y miembro del Comité de Psicooncología Argentino, Gagliardo explica al programa Café con Borra que los cuidados paliativos comienzan mucho antes de los últimos días de una enfermedad. Al inicio, el equipo ocupa un rol discreto, acompañando al paciente junto al oncólogo. Pero, a medida que la enfermedad avanza, su presencia se vuelve cada vez más importante.
«Nosotros cuidamos hasta el final», resume. Y ese cuidado no se limita al tratamiento del dolor físico. También implica contener emocionalmente, ayudar a reconstruir historias, fortalecer vínculos familiares y acompañar los miedos que aparecen cuando la muerte comienza a hacerse presente.
Lejos de vivir su profesión como una carga, asegura que el vínculo con cada paciente deja una huella profunda. Algunos permanecen para siempre en su memoria, especialmente los más jóvenes, aquellos que sienten que la vida quedó inconclusa. «Hay pacientes que los llorás», reconoce con sinceridad.
Uno de esos recuerdos es el de una mujer de apenas 35 años, madre de dos niñas pequeñas. En sus últimos días, el trabajo no pasó por hablar de la muerte, sino por ayudarla a encontrar serenidad. «Le decía que sus hijas no quedaban solas, que el amor iba a seguir acompañándolas. Trabajamos ese cierre con mucho amor», relata.
Para Gagliardo, el acompañamiento nunca consiste en preparar a alguien para morir, sino en ayudarlo a vivir plenamente el tiempo que queda. Por eso las conversaciones giran alrededor de la propia historia, los afectos, los recuerdos y aquello que da sentido a la existencia.
Cuando el paciente teme que después de la muerte no exista nada, tampoco intenta imponer creencias. En cambio, invita a mirar el legado que permanece en la familia, en los hijos, en los vínculos y en la memoria compartida. «Siempre queda una historia. Siempre queda una semilla», sostiene.
Su mirada está profundamente atravesada por la fe, una convicción que —aclara— nunca impone a quienes acompaña, pero que le permite sostener emocionalmente situaciones de enorme complejidad. Esa misma fe también fue el refugio que encontró tras la muerte de una hija durante el embarazo, una experiencia personal que marcó para siempre su manera de comprender el sufrimiento humano.
Después de acompañar a una persona en sus últimos momentos, vuelve a su casa con una sensación difícil de explicar. No habla de derrota ni de tristeza permanente, sino de un vínculo construido desde el cariño. Incluso recuerda haber vestido a pacientes luego de su fallecimiento como un último gesto de amor hacia ellos y hacia sus familias.
En una sociedad que suele evitar hablar de la muerte, María Bibiana Gagliardo propone cambiar la perspectiva. Los cuidados paliativos, afirma, no son una despedida anticipada, sino una forma de recordar que incluso en los momentos más difíciles todavía es posible aliviar el dolor, brindar dignidad y hacer que nadie tenga que recorrer el último tramo de su vida en soledad.

