Renunció a Spotify y dejó Nueva York para tomar las riendas del campo de su abuelo en la zona de Laboulaye

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A los 5 años se fue a vivir a Estados Unidos, creció cerca de Nueva York, estudió Economía y trabajó en Spotify. Sin embargo, a los 25 años, una propuesta familiar cambió el rumbo de su vida: volver a la Argentina para acompañar a su abuelo César y hacerse cargo, poco a poco, del campo que él había comprado en 1978. Hoy, Martina Berg combina la gestión productiva con el trabajo cotidiano junto a los animales y comparte sus experiencias en las redes sociales, donde ya reúne más de 73.000 seguidores.

“Yo estaba buscando un cambio y mi abuelo escuchó que quería algo distinto. Me llamó y me ofreció si me quería mudar a Argentina y acompañarlo a él en el campo”, recordó Martina durante una entrevista con Suma Tecnología. La respuesta fue un sí, casi como una prueba: “Dije: ‘Bueno, probemos’”. En 2018 concretó la mudanza y, ocho años después, sigue firme en aquella decisión.

Su historia tiene algo de regreso a las raíces, aunque el campo nunca había sido su mundo laboral. Nacida en Buenos Aires, Martina pasó dos décadas en Estados Unidos, donde cursó sus estudios y se graduó en Economía. Luego se incorporó a Spotify, en un equipo de operaciones internas que resolvía problemas y articulaba necesidades de distintas áreas de la compañía, como Finanzas y Marketing.

La oportunidad de volver apareció cuando su abuelo había cumplido 80 años. César, que había comprado el establecimiento en 1978 y lo imaginaba como su proyecto para la jubilación, todavía conservaba intacto su vínculo con la actividad rural. Martina, por su parte, sentía curiosidad por una vida diferente. El encuentro entre esas dos voluntades terminó abriendo una nueva etapa para ambos.

Una semana en el campo, otra entre los números

Aunque su centro de operaciones está en el sur de Córdoba, cerca de Laboulaye, Martina conserva una dinámica que combina el establecimiento rural con Buenos Aires. Una semana en cada lugar, aproximadamente, es la fórmula que encontró para distribuir sus responsabilidades.

Cuando está en el campo, prefiere ensuciarse las botas antes que quedarse detrás de un escritorio. Le gusta participar del trabajo con la hacienda, entrar a la manga, acompañar las tareas de siembra y estar presente durante la cosecha. “La parte que más me divierte en el campo es la diaria. Estar un día de trabajo con la hacienda, ir a trabajar la manga, es mi plan favorito”, contó.

La administración queda para los días en Buenos Aires: pagos a proveedores, números, cuestiones financieras y todo aquello que se acumula mientras está pendiente de la actividad productiva. Así, la economista que trabajó en una de las empresas tecnológicas más conocidas del mundo encontró una manera de aplicar sus conocimientos a un negocio muy diferente, sin perder el contacto directo con las tareas rurales.

El establecimiento es mixto, con agricultura y ganadería. En esta última actividad, el sistema es de ciclo completo: las vacas tienen sus crías, los animales se recrían en pasturas y bajos, y luego pasan a un pequeño feedlot propio para completar el engorde y vender los novillos terminados. Todo el proceso se desarrolla dentro del campo, desde el nacimiento hasta la comercialización.

Martina reconoce que su acercamiento a la ganadería fue más natural que a la agricultura. No es ingeniera agrónoma ni veterinaria, y sus conocimientos iniciales del campo estaban más vinculados a las visitas familiares que a la producción. Pero el contacto con los animales le permitió encontrar rápidamente un lugar. “¿Quién no se va a enamorar de un ternerito recién nacido? Es divino”, expresó.

Ahora también busca profundizar sus conocimientos agrícolas y avanzar en una nueva etapa para el establecimiento. Parte de la agricultura que antes se trabajaba mediante arrendamientos está volviendo a ser propia, un desafío que requiere organización, inversión y aprendizaje. Entre sus objetivos figuran mejorar los rindes e incorporar tecnología de precisión de manera gradual, mientras convive con maquinaria antigua y los imprevistos habituales de cada campaña.

Un equipo, dos generaciones y una misma pasión

Martina no lleva adelante el campo en soledad. A su lado está César, que a los 88 años continúa recorriendo el establecimiento y participando de las decisiones. “Yo voy al campo y viene mi abuelo. No hay chance de que él se quede”, contó entre risas. La escena refleja una relación que va más allá de la transferencia de responsabilidades: el abuelo sigue presente, con ganas de trabajar y de acompañar a su nieta.

También hay un equipo de trabajo que sostiene la actividad diaria, con profesionales, veterinaria, tractoristas, personal dedicado a la hacienda y otras tareas indispensables para el funcionamiento del establecimiento. Martina destaca ese acompañamiento y reconoce que la producción agropecuaria no se sostiene solamente con una buena administración, sino con el esfuerzo coordinado de muchas personas.

En esa construcción hay, además, un componente afectivo. Para César, el campo fue un proyecto de vida; para Martina, se convirtió en una oportunidad inesperada para reinventarse. Ella valora especialmente que su abuelo le haya abierto las puertas y le haya dado espacio para asumir responsabilidades, algo que considera fundamental para la continuidad de una explotación familiar entre generaciones.

“Él está chocho de que alguien también lo lleve y lo acompañe al campo y siga con algo que siempre tuvo muchísimo amor”, señaló. Y agregó que ella también está agradecida por la confianza recibida.

«La Gaucha Yankee», con más de 73.000 seguidores

Hace aproximadamente un año, Martina decidió empezar a mostrar en redes sociales lo que sucede detrás de las tranqueras. Bajo el nombre de “La Gaucha Yankee”, comenzó a publicar videos caseros en los que aparecen las tareas con la hacienda, el trabajo en la manga, los terneros y las distintas situaciones de la vida rural.

La idea nació de una percepción: muchas personas, especialmente en los grandes centros urbanos, desconocen el trabajo que hay detrás de la producción agropecuaria y cómo se desarrolla la actividad cotidiana en un campo. Mostrarlo sin demasiada producción ni artificios fue su manera de acercar esos mundos.

Lo que empezó como una experiencia casi tímida terminó convirtiéndose en una comunidad de más de 73.000 seguidores en apenas un año. “Es todo muy casero. Estoy yo con mi teléfono filmando”, explicó. Incluso recordó que al principio le daba tanta vergüenza grabar que buscaba lugares donde nadie la viera. Hoy, los trabajadores del establecimiento ya conocen la rutina y hasta se ríen de sus ocurrencias.

La repercusión la entusiasma porque le permite hablar del campo, mostrar sus particularidades y acercar la producción a quienes no tienen contacto directo con ella. Sin proponérselo como una gran estrategia de comunicación, encontró una manera de contar su propia historia y, al mismo tiempo, visibilizar el trabajo rural.

Mientras la campaña agrícola avanza entre lluvias, ventanas de sol y reparaciones de maquinaria, Martina sigue aprendiendo y proyectando mejoras para el establecimiento. La experiencia en una multinacional tecnológica quedó atrás, pero no los conocimientos adquiridos ni la capacidad de organizar, resolver problemas y gestionar procesos.

Su presente transcurre entre los números de Buenos Aires y el movimiento de la hacienda en Córdoba; entre una sembradora que necesita ajustes y un teléfono que registra escenas para miles de personas. Y, en el centro de esa historia, está César, el abuelo que le confió su proyecto de vida y que todavía la acompaña en cada recorrida.

A los 25 años, Martina volvió a la Argentina para probar algo diferente. Ocho años después, el campo ya no es solamente el lugar al que regresó para acompañar a su abuelo: es el espacio donde construye su propio camino.

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