El hombre que le da cuerda al tango: Diego Seitz y el arte de dirigir desde el alma

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Para el público general, la figura de un director de orquesta suele ser un enigma que se observa de espaldas. Un movimiento preciso de brazos, una varita de madera que corta el aire y la música que brota, como por arte de magia, de un grupo de decenas de personas. Pero detrás de esa aparente simplicidad se esconde un universo de complicidades, ensayos silenciosos y, sobre todo, la capacidad de inspirar.

Así lo vive Diego Seitz, director de la Orquesta Típica Fandango y la Orquesta Tipica Farabute (del Conservatorio Julián Aguirre), quien asimila su profesión a la de un director técnico de fútbol.

«La gente ve el partido de noventa minutos, pero el verdadero trabajo ocurre en la semana», explica Diego. «En los ensayos es donde el director traslada su visión musical de la obra para lograr que veinte, cuarenta o sesenta personas —cada una con su propia sensibilidad— sientan y respiren la música bajo una misma dirección».

El director como equilibrista de emociones y sonidos

Dirigir no es solo marcar el pulso. Requiere un oído absoluto para los límites físicos de los instrumentos (saber hasta dónde llega la respiración de un músico de viento o qué velocidad es humanamente posible ejecutar en las cuerdas) y, muy especialmente, la habilidad para equilibrar el factor humano.

En una orquesta clásica o de tango, los egos y el entusiasmo a veces juegan su propio partido. El rol de Diego también es el de un mediador silencioso: saber cuándo pedirle a un músico apasionado que baje el volumen de su instrumento para que la melodía principal, quizás a cargo de un oboe o un bandoneón, pueda brillar en toda su plenitud.

Es un juego de escalas constante. El director puede liderar desde pequeños ensambles hasta locuras monumentales como la Sinfonía de los Mil de Mahler. En Río Cuarto, Diego ha llegado a coordinar a casi doscientos músicos en escena, uniendo la potencia de los instrumentos y las voces corales en una marea sonora que estremece el escenario.

El semillero que profesionalizó la música local

Durante décadas, dedicarse a la música en el interior del país solía verse como un pasatiempo de juventud. Hoy, el panorama en Río Cuarto ha cambiado radicalmente gracias a un ecosistema de orquestas locales que le han dado un horizonte profesional a los egresados del conservatorio.

Fandango, que este año celebra su décimo aniversario, nació con ese espíritu de semillero. Sin embargo, al complejizarse su repertorio, Diego sintió la necesidad de fundar Farabute, una orquesta escuela que funciona como el espacio de iniciación donde los jóvenes aprenden el particular lenguaje y los secretos del tango, antes de dar el gran salto a la orquesta mayor.

Un rebelde con batuta en la tradición del tango

Si algo define la labor de Diego Seitz es que rompe con el molde tradicional del tango. En la vieja guardia, las orquestas típicas solían dirigirse «desde las sombras» en los ensayos, y en el escenario el director simplemente tocaba su piano o su bandoneón mientras el resto lo seguía de memoria.

Al ser tantos integrantes en Fandango, y siendo Diego violinista, la comunicación visual se volvía imposible desde el instrumento.

«Tuve que dejar el violín, subirme al podio y agarrar la batuta para que todos pudieran verme», confiesa. Esto lo convierte en un «director raro»: un director de pie liderando una de las orquestas típicas más atípicas de la región.

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